Si miramos más de cerca la historia reciente de nuestro país -esos años de grandes utopías libertarias, de movilizaciones políticas y sociales, pero también de duras represiones y violencia- cuando pensamos retrospectiva mente en la década de los sesenta y setenta se nos hacen presentes los nombres de sus “protagonistas”: el Che Guevara, Mao, Fidel, Perón e innumerables más. Casi no viene a nuestra memoria el nombre de ninguna mujer. Entonces uno se pregunta: ¿Es que las mujeres no participaron de esta movilización, de esta militancia, de la multiplicidad de formas que adquirió la práctica política, de los cambios culturales que se hicieron presentes y que modificaron en profundidad la vida de los sujetos y de la sociedad durante esos años?
En la década del ’40 las mujeres conquistaron el sufragio (1947) y en 1952 accedieron por primera vez a la representación política formal tanto en el Congreso Nacional como en las Legislaturas provinciales. No obstante, las estructuras sociales y culturales generalmente se transforman de manera más lenta que los cambios políticos y económicos. Los hogares cordobeses seguían teniendo en su seno, allá por los sesenta, padres ajustados a las tradiciones, machistas, que no comprendían por qué una mujer debía ir a la escuela y, claro esta, menos a la Universidad. Reproducían la idea de que tanto su esposa como sus hijas debían zurcir medias dentro de la casa y aprender lo básico para sacar cálculos cuando hacían las compras en el mercado. Las reglas eran claras y los espacios para los hombres y las mujeres también. Hay que considerar, sin embargo, que hubo padres y sobre todo muchas madres, que por influencia de algunas ideas políticas o porque el destino así lo quiso, “entendieron” prontamente que había que dejar que sus hijas abandonaran este ancestral juego de roles y les permitieron cumplir deseos anhelados por ellas y postergados por tantas mujeres durante tanto tiempo. Aún así no debemos engañarnos: todos fueron producto social de una época, hombres y mujeres. Una generación nacida en los años ´40 y ´50 no podía borrar de un plumazo los estereotipos de la sociedad en que fue forjada. El gran impulso que tomó la participación política de las mujeres, que durante los ´60-´70 se integraron al espacio público como nunca antes lo estuvieron, no excluye el hecho de que el machismo o el moralismo se mantuvieran aún en aquellos grupos que buscaban cambios sociales revolucionarios.
¿Cómo se expresaron las rupturas?
Las mujeres “conspiraron” contra sus madres y padres cuando “vestiditas y alborotadas”, pintados los ojos con un negro intenso y las bocas con diferentes colores llamativos, a lo que se sumaba unas cortitas minifaldas, llegaban a la puerta de los cines Angel Azul o Sombras, donde proyectaban las películas consideradas “políticamente comprometidas”. Las francesas e italianas, Bertolucci, Godard, Fellini, Troufau, algún cine que venía de Europa del Este: Bergman, cine ruso, checo, siempre anti- yanki, a lo que se sumaba el compromiso político de la música, el teatro y la literatura -sobre todo latinoamericana- fue constituyendo el gusto cultural de más de un joven cordobés en aquellos años. Carlos Fuentes, Vargas Llosas, Cortazar con su Rayuela, García Márquez y los Cien años de Soledad, Roa Bastos, entre otros, fueron parte de la biblioteca personal de más de uno. Por otro lado, la música comercial (nacional e internacional) se reemplazó por aquellas expresiones puramente “locales”. El folclore latinoamericano, se escuchó no sólo en las peñas y en los Recitales de Radio Nacional, sino también es esas incansables guitarreadas de compañeros, convirtiéndose en la opción musical elegida por la mayoría. Por último, muy importante para la vida cultural de Córdoba fueron las puestas del LTL (Libre Teatro Libre) y del Grupo La Chispa, artistas que se consideraba que hacían teatro para la revolución.
A partir de esos años también, una gran cantidad de mujeres se incorporó a las Universidades y especialmente desde allí a la militancia revolucionaria y social. Fueron momentos de auge de la participación política de las mujeres, un punto de inflexión histórico trascendente para la comprensión del protagonismo político de las mismas.
Quizás la acción militante más común fue el acto relámpago. El lugar elegido: la calle y si era la más transitada mucho mejor. Muchos se disfrazaban y ocupaban el asfalto, hasta que llegaban las fuerzas represivas a caballo o en tanquetas y había que dispersarse. 3 a 5 minutos de puesta en escena, como en un teatro…Entonces con sonido, con voces, con cuerpo, con ropa, con pinturas, grababan en la memoria de los que pasaban por allí las reivindicaciones políticas. Siempre había alguien que le ponía a cada uno en la mano un papel y ese papel iba a un bolso que iba a una casa. Con precisa organización y dividiendo tareas se hacían volanteadas y pintadas en todo momento posible. Unas diez personas hacían un acto relámpago, con funciones distintas. Estaba el que tiraba miguelitos, el que tiraba las molotov, el que hacía las pintadas, los que movían los materiales para cruzar en la calle y cortar el tránsito…Tanto mujeres como hombres participaron indistintamente en cualquiera de esas cosas.
Para estas mujeres el hecho de empezar a militar a veces surgía como una necesidad de cambio social y otras como medio para romper con las tradiciones familiares. Son mujeres que por aquellos años ingresaron masivamente en la Universidad, donde estudiaron y militaron a la par de los varones. Para las mujeres de los ´60 y ´70 el emanciparse de la familia, el trabajar para mantenerse, el estudiar y el volverse independientes fueron cuestiones prioritarias.
Definitivamente fueron más “promiscuos” que sus padres, al vivir en comunidad, compartiendo su privacidad con por lo menos tres personas más. Nos atreveríamos a decir que ninguna de ellas, como si lo hicieron sus madres, llegaron vírgenes al matrimonio. Quizás podría existir una relación directa entre el alejamiento de los rituales con el hecho de estar inmersas en la participación política.
Pero al parecer esta igualdad no siempre fue fácil de lograr. Las mujeres tenían que hacer malabarismo entre lo que se denominó el doble, triple, cuádruple rol, es decir, estudio, trabajo, la militancia, la maternidad y la familia.
Estas transformaciones en la manera de concebir la pareja y la familia se produjeron de manera casi paralela a la comercialización masiva de la píldora anticonceptiva, que proveyó a las mujeres de sectores medios y altos de una valiosa herramienta para controlar su reproducción. Pero no todas las usaban. Existieron reticencias a su uso. Sin embargo, el poder pensarse con más libertad a la hora de tener relaciones sexuales con su pareja produjo también una postura diferente ante otros métodos anticonceptivos. Fueron estas mujeres las protagonistas de una “revolución sexual” que separó reproducción de placer. El descubrimiento de la pastilla anticonceptiva puede ser considerado como uno de los avances tecnológicos de este siglo que tienen consecuencias más importantes sobre los comportamientos sociales, produciendo una resignificación de la familia y de las relaciones de pareja.
Con respecto a la maternidad y al cuidado de los niños, existía en algunos sectores militantes de izquierda de la época una concepción que sostuvo que los hijos no eran una propiedad privada de sus padres, sino que eran los hijos del pueblo, los hijos de la Revolución. Y había que dejarlos ser libres, debían ser impulsados a la diferencia y al cambio. De esta manera vemos cómo se alejaban de las tradiciones más conservadoras en las que el control de los hijos es la tónica dominante. En los testimonios se menciona una nueva manera de concebir la relación con los hijos en vistas de la nueva sociedad que se deseaba crear. La maternidad y la militancia parecen no haber sido contradictorias. Para las mujeres militantes no había una “opción” o delimitación entre la vida pública y privada, entre proyecto colectivo y personal, todo era parte de la misma decisión. Sin embargo, para algunas militantes la idea de concebir niños por aquélla época les pareció una responsabilidad que no podían asumir en la cotidianeidad que exigía la vida militante. En cambio, otras sostienen que el ser madres era parte de la tarea militante, por lo tanto el hecho de tener y criar hijos no lo veían como un obstáculo para la acción política.
Las diferencias entre los géneros no era un tema de discusión, ni merecía una reflexión teórica, porque las prioridades estaban en otro lado. Pero aunque no lo habían anunciado como feminismo partían de la base de la construcción de la figura del compañero/compañera como un espacio de igualdad. Lo practicaban día a día, lo militaban en la cotidianeidad, lo peleaban. Dejaron los debates y las reflexiones intelectuales sobre los temas de la mujer y muchas otras cosas para otros tiempos, que quizás tardó mucho más de lo que muchos imaginaron. Es lo que en palabras de Ana María Fernández quedó enunciado como “fuimos feministas sin saberlo”.
Autora: Lic. Ana Noguera
No hay comentarios:
Publicar un comentario